De telones y Libertadores.

Era viernes y ese perfume a infancia que se suele respirar en la víspera del fin de semana se percibía diferente. La ansiedad había depositado sus notas dulces y aceleradas en los árboles del Parque de los Patricios, esos que un francés llamado Carlos plantó cuando el siglo pasado tenía dos años de vida. Desde el empedrado de los Corrales Viejos hasta Amancio Alcorta y Luna; desde La vieja Colonia y más allá inundando cada rincón del barrio y trascendiendo insistentemente por Almafuerte, Monteagudo y Uspallata para llegar a toda la Ciudad.

El fin de semana transitó por el carril de baja velocidad. Las manecillas del reloj tenían toda la intención de prolongar la espera. El efímero contacto con el Palacio para sacar las entradas había amenizado un poco las ansias pero el síntoma recurría y la mente no podía escarparse de un pensamiento abrazador: “El Martes la Copa Libertadores vuelve al Ducó.”

La luz blanca de la Luna Quemera comenzó a iluminar los murales de las callecitas del barrio que tienen ese qué se yo. Desde algún lugar -que algunos llaman cielo- el poeta tanguero tiene puesta la camiseta del Globo.  Las gargantas todavía perjudicadas por ese póker barajado por Toranzo, Wanchope y Romero Gamarra toman el primer trago de whisky sin hielo.

La inequívoca sensación a tragedia que trae consigo el domingo por la noche se instaló antes de que el calendario diga que el lunes había llegado. Hubo que regresar a la rutina y en Buenos Aires el calor y la humedad gobernaban. Las noticias en los diarios, la música, la radio, la TV, nada, absolutamente nada podía sacarme aquel pensamiento de la cabeza: “Mañana la Copa Libertadores vuelve al Ducó”.

El barrio seguía inmerso en esa atmósfera tan especial que parecía estarse viviendo la semana previa a un clásico. Nada se compara con caminar por estas calles donde Huracán se respira en todos los rincones y se percibe en la expresión de la gente.

Dormir en breves intervalos llevando la cuenta regresiva para que lleguen las 19.15 le agregó una sensación de lejanía al martes en el que “Huracán” fue la respuesta a todas, absolutamente todas las preguntas. La organización del día basada en un solo acontecimiento y las excusas para salir temprano del trabajo no hicieron más llevadera la mañana.

Cerca de las 17 en los andenes de los subtes y trenes, en las paradas de los colectivos y en las calles del microcentro se veían quemeros con sus camisetas con cara de preocupación y apuro por llegar en hora a la cita.

La multitud peregrinando por Caseros rumbo al Palacio marchaba desbordando ilusión y nerviosismo, ese nerviosismo que se siente en el estómago ante la inminencia de un acontecimiento importante. El regreso de Huracán al primer plano internacional luego de 41 años hizo que mucha gente poco habitué al Ducó quisiera ser testigo. Por un momento el eco de los festejos de La Copa Argentina y el ascenso se escucharon entre los sonidos del tránsito.

Volver a entrar al Palacio después de tanto tiempo es volver a casa luego de un largo viaje. La arquitectura, el olor del verde césped y respirar Huracán en los escalones de la Bonavena, en la Alcorta o en la Miravé es encontrarse a uno mismo trascendiendo, siendo feliz, sintiendo algo que nadie puede sentir de la misma manera.

La Voz del Estadio anunciaba el once inicial, alcanzapelotas arengaban a la tribuna, la salida del equipo era inminente. “Globo, mi buen amigo…” sonaba estruendosamente cuando por un momento el tiempo se detuvo. Al unísono el Telón más hermoso del fútbol mundial, La Reina de la Quema, comenzó a cubrir la Bonavena con la leyenda Grande Se Nace y en la Miravé el inmenso trapo con su Globo Lamparita se movía al ritmo de la melodía: “Yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más…”

Minutos más tarde, cuando la noción del tiempo era un detalle menor y el “Dale Globo, dale Glo…” recibía a los jugadores, el tercer telón cubrió la Bonavena pidiendo un merecido aplauso para esta hinchada.

Pero no conformes con este festival la hermosa bandera con forma de Globo comenzó a flotar por la Bonavena, desde Alcorta hacia Miravé, escribiendo poesía para el alma de todos los quemeros.

Dicen que hubo 90 minutos de fútbol, que casi hay que cerrar el Estadio por una tijera de Wanchope, que Huracán clasificó para la fase de grupos de la Copa Libertadores y que tendrá que viajar a Brasil, Venezuela y Bolivia.

También dicen que en algún lugar -que algunos llaman cielo- San Martín y Bolivar todavía no pueden creer la fiesta que se vivió en Parque Patricios y que ya son un poco hinchas de Huracán, al menos en esta Copa Libertadores de América.

 

JUAN MARTIN ZARA 

 


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