Lo ganamos todos.

Se empezó a ganar el viernes a la tarde, cuando el reloj marcaba las cuatro y el sol disfrazaba los pocos grados dibujados en el termómetro. La fila se hacía cada vez más extensa y presagiaba el paso de miles de quemeros que doblaban por 24 de noviembre hasta la Sede Social. La ansiedad estaba presente en todos los rostros. La necesidad de que llegara el sábado a las 18 horas era lo único que importaba. “Mi señora rompió bolsa, pero está acá a la vuelta asique saco la entrada y me voy…” afirmaba un quemero con su otra hija en brazos.

Con el correr de la tarde la salida de los trabajos tuvo una parada obligada. El desfile de quemeros por las ventanillas de la calle Rondau fue incesante. Popular, Miravé, Alcorta…

El sábado aterrizó con el cumpleaños de Parque Patricios como excusa. 113 años atrás se resolvió denominar Patricios al Parque  que ocuparía los viejos terrenos del matadero. Desde entonces el antiguo “Corrales Viejos” crece a su ritmo, con su historia arraigada en sus adoquines y las más de 200 manzanas que convergen sentimentalmente en un Palacio.

Desde el mediodía, como si se tratara de un uniforme obligatorio, solamente se divisaban camisetas con un Globo dibujado junto al corazón. Blanca, Roja, Camuflada, no importaba.  La familia quemera sabía que un pueblo entero iba a decir presente asiqué arrancó temprano y se vistió de gala. Las banderas asomando por las ventanillas de los autos, los globos y los papeles picados le ponían color a la caravana.

En el acceso, los poco habitué se confundieron de calle y maldiciendo por lo bajo tuvieron que caminar de más hasta encontrarse con la calle Luna, Quemera como pocas.

La televisión, la radio y los medios gráficos que muchas veces nos ignoran, estaban presentes para mostrarle al mundo un estadio desbordado por decenas de miles de almas sedientas de un triunfo ante el clásico rival, que cambia seguido de Barrio, pero sigue siendo clásico.

Los jugadores ingresaron en la manga blanca y vieron un banner instalado por las autoridades del Estadio, en el que un niño alcanza pelotas, vestido con la pechera del Paredón de la Quemita, reza por ellos.  El Capitán, Martín Nervo entendió el mensaje y lanzó la arenga “Esto es lindo te pone la piel de gallina, hoy hay que ganar. Nos tenemos que hacer mierda nosotros y darles una alegría a ellos, viejo… Este partido no se pierde, se siente y se mete. ¡Dale carajo!”

La tijera de Wanchope en el travesaño nos preparó para esa alegría. Huracán lo jugó con huevo, los jugadores parecieron hinchas y no ese equipo timorato que dio pena en Mataderos. Todos y cada uno de ellos entendieron que no le podían fallar a un pueblo que supo aguantar decenas de años de frustraciones.

Hubo un segundo de silencio antes del tiro libre magistral de Patricio Toranzo. Alguien, que algunos llaman Dios  y otros de mil formas diferentes, bajó desde su morada y tomando impulso en la Torre de la Miravé le dio rosca a esa pelota que se metió en el arco y encendió el delirio, la felicidad y la locura de  esos 30.000 quemeros que le demostramos al mundo entero que si estamos juntos, todos juntos, somos grandes, muy grandes; y la mejor manera de seguir demostrándolo es que TODOS los no socios que estuvieron presentes se hagan socios de Huracán.

 


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