EL FIRULETE QUEMERO: MÍSTICA.

Rostros tensos, miradas punzantes, sangre y vigor en las venas, sudor en la frente, garra cuando las cosas no salen como uno quiere y el corazón que explota porque hay un globo gigante adentro para no darte por vencido ni aún vencido. Podría estar hablando de nosotros los que alentamos, podría estar hablando de los que salieron a jugar defendiendo los colores; estoy hablando de Huracán, de sus hinchas y sus jugadores. Todo esto describe este último clásico, donde la mística volvió a aparecer cuando el resultado en contra estaba sellado, siempre hay una jugada más, siempre hay una oportunidad más, siempre hay que estar atento porque a la primera de cambio la tenés ahí y es ese instante donde continuás en la nada o te abrazas con la gloria, y ahí estaba nuestro gran Ramón “Wanchope” Ábila, para apagar las ilusiones nómades y estampar un empate agónico faltando sólo 20 segundos para la finalización del partido. Esa gloria llegó a todos los que poblamos el Palacio, a pesar de una proscripción ridícula al hincha no socio, y todos fuimos uno y todos en esta hermosa historia somos uno, somos iguales, sin diferencias de personalidad; somos Huracán.

Un clásico bien trabado y mal jugado donde el miedo a perder prevalecía en los 2 conjuntos; ellos con un mediocampo aceitado y su número 5 llamativamente solo para manejar los hilos de su equipo, Huracán no se hacía del balón y el pelotazo era un recurso utilizado hasta el cansancio. Mucha disputa de la pelota y pocas asociaciones entre los que saben, no debemos olvidar que aquel que puede otorgar la pausa y la calidad necesaria hoy lo vio desde la platea, alentando como todos los hinchas, el Pato Toranzo. La primera mitad finalizó igualada en 0 y ese 0 tenía sabor a justicia.

La segunda etapa no iba a ser diferente y hubo chances para los 2, pero la puntería no era protagonista, hasta que en el peor momento nuestro en un centro desde la derecha hacia adentro quedamos 1 a 0 abajo. Seguido a eso, un celoso árbitro lo expulsa mal a Risso y es el comienzo de esta suerte de milagro en la Quema. Huracán con ganas y poco fútbol se arrimaba hacia el arco rival pero eran más intenciones que otra cosa, de esta manera los segundos pasaban y el final se acercaba. El fastidio con el juez era generalizado y como durante todo el encuentro el balón era mimado por el Firulete Quemero de la tarde noche, por el 10, Daniel Montenegro, que corre y juega como si tuviera 20 años. Casualmente, el no participó activamente del agónico empate, fue gracias a un centro desde la izquierda de Romero Gamarra que baja Cristian para que Wanchope defina en su hábitat natural y estampe la igualdad, el delirio se apoderó de todos los asistentes al Palacio y el empate tenía sabor a triunfo, por cómo se dio, con uno menos, con un árbitro que inclinaba la cancha y sobre la hora. Esas cosas nos tiene guardado Huracán siempre, y este equipo continúa demostrando que en las malas sacan a relucir un temple que es para admirar. Este grupo de jugadores sigue escribiendo páginas de gloria en nuestra institución y eso se traducirá en el torneo, donde deberán seguir sacando esa mística ganadora para que Huracán siga volando alto.

Empate en el clásico de barrio más lindo del mundo, hay que reagrupar y pensar  en todo lo que se viene que es bien difícil, pero estos jugadores sabrán estar a la altura de las circunstancias. Nosotros, continuaremos alentando sin parar porque nacimos para eso, para amar a Huracán y no dejarlo sólo ni un segundo. La campana no sonó aún y siempre tendremos un round más para seguir escribiendo páginas de gloria. Huracán da pelea, Huracán se planta, Huracán tiene mística, Huracán se quiere seguir abrazando con la gloria, Huracán está vivo, más vivo que nunca y nadie nos podrá voltear, simplemente porque pertenecemos a la raza futbolera más hermosa que hay sobre la tierra, la raza Quemera.

Banderas Quemeras, en tu Corazón,

Yo quiero verlas, Ondeando Luzca el Sol o No…

 


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